Tampoco me importa el mío
Aquí, pensando en qué contar, qué compartir con ustedes y no se me ocurre nada.
Entonces leo el comentario que me ha dejado Diego, en la entrada anterior, y ¡cáspita! eso me ha dado una idea.
¿Por qué no compartir anécdotas respecto al "sincericido" de niños y niñas?
Durante la infancia, afortunadamente, no tienen filtro y dicen, sin remordimiento alguno, lo que en verdad y a pie juntillas creen.
Durante mis años de trabajo en Jardines de Infantes he recogido y guardado amorosamente en mi memoria varios comentarios que, además de sinceros, son hilarantes.
Y del mismo modo, guardo comentarios de los y las peques de mis amigas y varios de mi hiji también.
Total que creo que, compartiendo algunos de ellos, puede ser ésta una entrada de relax y un momento para olvidar "los males del mundo".
Veamos si resulta...
La de Juan, ya la conocen, es el relato que publiqué la semana pasada.
- Felipe era un niño con diversos problemas emocionales, lo que lo llevaba a comer sin parar y estaba muy excedido de peso. Obviamente, eso le generaba un problema más.
Un día en que habíamos salido a pasear y a tomar una gaseosa en un bar cercano al Jardín, se enojó mucho conmigo y me decía
-¿Por qué no me compraste un "sanguche"?
Así las cosas, él a los gritos y de muy mal humor, pasamos por una comisaría y el poli que estaba afuera no tuvo mejor idea que decirle:
-Gordito, que te pasa, porqué le hablás así a tu maestra-
Se plantó Felipe, lo miró fijo, hizo"montoncito" con su puño y le respondió
- ¡Gordito y la concha de tu madre"
Jorgito, 4 años, en los primeros días de clase lloraba mucho y no se quería quedar en el Jardín de Infantes. Una de esas mañanas, la maestra lo llevó a la secretaría, para que se quede allí un rato conmigo.
Le di una hoja para que dibuje, le hablaba tranquila, le decía que pronto vendrían a buscarlo y se iría a su casa y, cuando dejó de llorar, me dijo
- Decime seño, ¿Por qué mi mamá me deja acá si yo la quiero?
Candela, hija de una amiga, tenía 8 años. Yo le contaba a mi amiga que pronto llegaría una tía a visitarme y la niña, con una expresiva carita de asombro dijo:
-Tu tíaaaaaaa?
-Sí, Cande, sí mi tía ¿por?
-Ayyy que vieja que ha de ser!
(Cabe aclarar que yo tendría entonces unos 48 años)
Un día que paseaba con Amílcar (5 años) por "la playa del 8", en Comodoro Rivadavia, se me ocurrió contarle que yo trabajaba en un Jardín de infantes. Entonces, él detuvo la marcha y me miró en un "subir y bajar de ojos" de abajo hacia arriba, y viceversa, y me lanzó, cual dardo con curare:
-¿En un jardín de infantes?
-Si claro, en un jardín, como el que vas vos...
-Pero vos...¿sos seño o directora?
(Aclaración: por ese entonces yo tendría aproximadamente 46 años)
Sin dudas, en estas dos últimas anécdotas, tanto Candela como Amílcar, no han tenido ningún reparo en "enrostrarme" el paso de los años.
Espero que, ahora mismo, ustedes estén riéndose tanto como yo y pensando en lo maravillosa que es la sinceridad durante la infancia.
Gracias por pasar. Hasta el viernes que viene, o hasta cuando gusten volver
Esa Musiquita y la actualidad
Acá no zafás:
(por eso me hice “bloguera”, para publicarme...entrega Nº648 de la suelta de mis letritas)
Necesitamos un marido
Recuerdo la nevada de ese invierno.
Fue muy copiosa y duradera.
¡Una gran nevada! “Como las de antes”, decían los antiguos pobladores.
Fue en esos tiempos en que yo era mamá y papá a la vez.
Trabajaba 7 horas fuera de casa, te llevaba a la escuela, te iba a buscar, te llevaba y buscaba al menos una vez cada día a tus variadas actividades extraescolares, a la casa de tus amiguitas, a los cumpleaños…
Arreglaba el cuerito de las canillas que goteaban, llevaba el auto al taller mecánico, a la gomería… Paleaba nieve en invierno, cortaba el pasto en verano, pagaba los impuestos, hacía las compras, cocinaba, te llevaba al médico a vos y yo hacía mis controles de rutina…
Intentaba mantenerme informada, tener un poco de vida social…dormir…
Entonces
En esos tiempos cayó la gran nevada. Vos tenías 6 años.
Me levanté más temprano que de costumbre pues, además de la rutina de cada mañana, debía palear la nieve, limpiar y encender con tiempo el auto de modo que quedara en condiciones para salir a horario y que no llegaras tarde a la escuela.
Me vestí y, con la cara apenas lavada, salí a encarar la tarea.
La nieve superaba, ampliamente, la altura de mis tobillos y estaba compacta…
Le “di duro” a la pala…logré hacer un caminito respetable para transitar, llegué al auto que no se veía pues la nevada lo cubrió totalmente, lo limpié, lo encendí…
Luego
cansada, con la cara “escarchada” las manos entumecidas, a pesar de los guantes, entré a casa, pensando en el paréntesis de un café calentito, para luego "salir corriendo" como cada mañana…
No sé qué cara tendría cuando abrí la puerta, no sé si estaría pensando en esos aconteceres y en mi día a día, no sé si estaba triste, resignada, o “como si nada”…No sé.
Pero…
Lo que sí pude saber, luego de la sorpresa, es que mi cara no sería precisamente de felicidad, porque cuando me viste entrar, desde tu posición sentada en la escalera con los codos sobre las rodillas y las manos sosteniéndote la cara, me miraste y dijiste con actitud seria y contundente
-“Mami, necesitamos un marido”
Buenos días, Lu, ya estás en tu primavera, así pues, disfrútala de lo lindo.
ResponderBorrarDesde luego, los niños son el alma de la vida; sus preguntas y respuestas nos dejan descolocados. Y esa niña sentada en las escaleras tuvo un golpe de los que sin duda te dejan pensando.
Guarda esos comentarios como oro en paño; son verdaderas joyas.
Un besazo. Te deseo que pases un finde bonito, oliendo a esas flores que dejan ya su aroma en las calles y jardines.
Más besicos.
Lu, qué maravilla de entrada. Los niños tienen esa capacidad única de decir lo que piensan sin filtros y de dejarnos entre la risa y la reflexión. Me he reído con varias de las anécdotas, pero la pregunta de Jorgito, «¿Por qué mi mamá me deja acá si yo la quiero?», me ha llegado especialmente al corazón. A veces la inocencia es capaz de resumir grandes emociones con una sola frase.
ResponderBorrarGracias por compartir estos recuerdos tan entrañables. Son de esos que nos reconcilian con la sonrisa y nos recuerdan que la sinceridad infantil es un tesoro irrepetible.
Un fuerte abrazo, Lu.
Los niños son geniales. Me gusto leerlas anécdotas. Te mando un beso y te deseo un buen fin de semana.
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