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viernes, 17 de marzo de 2023

Tampoco me importa el mío 

Lo dicho la semana pasada ¿Qué pasa con los relojes, la velocidad en que el planeta gira, o lo que sea? ¿Enloqueció el minutero, el eje de la tierra se descolocó?
O...bueno...
puede ser que mi energía sea otra, que los 20 años quedaron sólo en un rincón del corazón.
Lo que sea, jueves al mediodía y yo ¡nada preparado para publicar!
Eso no sería tan terrible si las ideas inundaran mi cerebro, si las musas con sus arpas giraran en torno mío, pero...
¡Nada de eso acontece!
Heme aquí, con la boca abierta y absolutamente dispersa, atajando por lo menos 20 pensamientos que se me aparecen vertiginosos pero ninguno me satisface.
Entonces, decidida, busco "curiosidades" en google. Pienso que, habida cuenta mi falta de inspiración, mejor tomo algo prestado de algún sitio web y creo que lo mejor será buscar algo divertido.
Que nos falte inspiración, energía, dinero puede pasar, pero...
¡Qué nunca nos falte la risa!
Y acá comienza mi buena suerte bloggera ¡Bingo! 
No puedo parar de reírme con la primer "curiosidad" que encontré. En este caso en https://www.clarin.com/
Comencé sonriendo con el título: 
Anti-flatulencias: Crean un parche para oler "siempre" a menta
Y luego seguí riendo con el "copete" de la nota: 

Este descubrimiento sería la solución ideal para todas aquellas personas que sufren de malestares gástricos ya que transforma los malos olores en aromas más aceptables. ¿Lo probarías?

Finalmente, con el desarrollo de "la noticia" mi risa fue más potente:

Este nuevo y original invento se llama "Flatulence Deodorizer" y, tal como su nombre lo describe, es un desodorizador para los gases intestinales que viene en forma de parche y se coloca dentro de la ropa interior.
Su mejor característica es que está equipado con un perfume especial entre las capas que permiten que la persona huela todo el día a menta, sin importar si tiene malestares gástricos que puedan intimidarlo.
Bueno, ya saben, mejor que no vayan por ahí oliendo a menta. 
En este punto, ya lloro de risa mientras pienso que de aquí en más, si manipulo menta, o como una pastilla con ese sabor, o lo que sienta a ese aroma ¡No saldré de mi casa hasta estar segura de que el mentolado olor ha desaparecido!
La nota es de hace algunos años, así que tal vez  ya lo supieran.
¿Conocían este invento que, me parece, tiene sus pro y sus contras? ¿Lo usarían? O preferirían, "aguantar el pedo" hasta estar en un lugar privado?  😂 😂    
¡Gracias por pasar! Hasta el viernes próximo, o hasta cuando gusten volver.
Esa Musiquita en el recuerdo
  Acá no zafás:
(por eso me hice “bloggera”, para publicarme...entrega Nº475 de la suelta de mis letritas)
NOTA: Este relato está tomado de un hecho totalmente real, que aconteció hace unos 38 años, cuando era yo una entusiasta y jovencita "Maestra Jardinera".
Con mucha tristeza digo también que el protagonista falleció hace unos pocos meses. 
Va entonces mi recuerdo y todo mi amor de siempre en esta anécdota, que atesoro, a modo de homenaje.
                                                                           
Felipe  

Felipe era un nene con serios conflictos familiares.
Entre otros problemas, tenía el de comer compulsivamente lo que lo llevaba a estar con un sobrepeso importante, casi en el límite con la obesidad.
A sus 4 años estaba tan gordo que, se me ocurre ahora, debería pesar lo mismo que pesarían dos niños juntos de su misma edad.
A pesar de eso, ningún niño ni niña del jardín se refería a él como “El gordo” término que, seguramente, usaron en más de una oportunidad adultos y adultas.
Y recuerdo siempre una mañana, ya por el mes de septiembre y superada que fue la situación de golpear a sus compañeros, salimos del jardín a pasear aprovechando la bella mañana con aires de primavera.
Ya de regreso de nuestro último punto de paseo matinal, que fue el bar del hotel “Las lengas” al que fuimos a tomar una gaseosa, Felipe se mostraba muy enojado, vociferaba, me empujaba y repetía sin cesar
-¿por qué no me compraste un “sangúche”?
Justo entonces pasamos por la Comisaría de investigaciones, que quedaba –y queda- a menos de 50 metros del hotel y un policía, al ver la situación, no tuvo mejor idea que intervenir desde la ventana por la cual estaba mirando, se asomó y dijo:
-Gordito ¿por qué tratás así a tu maestra?
Y Felipe, haciendo montoncito con sus dedos, se plantó, lo miró desafiante y le dijo
-¡Gordito y la concha de tu madre!
El policía se sorprendió tanto que no logró articular palabra, mientras niños y niñas decían
- ¡Seño dijo malas palabras!
Entonces les dije, palabra más palabra menos,
-Felipe, se llama Felipe y no Gordito, el policía en todo caso, al no saber su nombre, podría haberlo llamado “nene”.
Dije también que no estaba bien lo que había respondido Felipe, pero que él se había enojado tanto porque le dijeron "gordito" y desvié el tema hacia ese lado: el de los apodos precisamente y contándonos sobre ellos seguimos nuestro camino de regreso.
¿Y Felipe? Se “pegó” a mí, me dio la mano y así, muy juntitos seguimos caminado.

Es en este punto que debo confesar que a mí me dio mucha risa la situación y que ensayé una disculpa con el policía pero, obviamente, le aclaré “Se llama Felipe"