Tampoco me importa el mío
Para continuar lo dicho en el post anterior, hoy voy a dejar una reseña de mis vivencias y mis sentires en Italia.
En principio, salir de Porto, con el recuerdo de los magníficos días vividos en Albufeira y la apacible Lisboa, y aterrizar en Roma fue un contraste cuasi grosero, por definirlo de alguna manera.
Los romanos -bellos hombres si los hay- y romanas, mas los incontables turistas de todo el mundo, el caudal de vehículos circulando desordenadamente, sin respeto alguno por el peatón, las calles abarrotadas de gentes caminando detrás de un guía que llevaba un banderín o un paraguas a modo de "zanahoria tienta burros" para que el grupo lo siguiera, los monumentos con gentes apiñadas a su alrededor y, lo peor de todo, la mayoría de ellos vallados y/o con andamios por refacciones. Entre otros, y como ejemplo, la "Fontana di Trevi" que además de estar vallada, no tenía ni una gota de agua. Por tanto... ¡guardé todas la monedas que pensaba tirar en ella!. No. Les aseguro, amigos y amigas, que no me dejó una buena impresión mi primer salida por el centro romano.
De hecho, en las fotos que logré tomar puede verse, en algunos casos, más gente o andamios que el monumento en si, por lo que debería encontrar un método para señalar con una flecha lo que en verdad quise registrar con mi cámara.
Llegar desde Termini al Vaticano en bus es una verdadera odisea. Casi como el viaje que les conté que realicé en el circunvesubiano.
Empecé a caminar, admirada y feliz por estar en ese sitio tan místico, Piazza San Pietro...la Basílica, sin poder concentrarme en mis ensoñaciones, pues cada medio metro alguien se abalanzaba sobre mí, intentando en varios idiomas conversar con nosotras para ofrecernos entrar a la Capilla Sixtina sin hacer cola, etc etc.
En tales situaciones y ante la dificultad de tomar buenas fotos, opté por mirar algunos detalles y me di cuenta de que las palomas, también en la Santa Sede, son muy atrevidas. Tanto, que lograron enmascarar a Jesús y a los sufridos cristianos en algunas de las estaciones del via crucis. Perdonando la expresión, ¡estas aves sí que se cagan en todo!
¡Y tan enternecedores la custodios de la guardia suiza ! Arrobada miraba como uno de ellos, que era casi un niño, estaba tan tieso que hasta dudé por un instante que fuera humano. Entonces un timbre de teléfono me sobresaltó y al girar mi vista, vi que el compañero del estático guardia, abandonaba sin ningún prurito su misión de custodio para conversar tranquilamente con quien lo había llamado.
Lo cierto es que Roma, a pesar de ser una ciudad vertiginosa, tiene su encanto, más allá de la historia que guarda en cada rincón. El Coliseo por cierto es majestuoso. Los foros, los arcos, las puertas...Me ha impactado particularmente la Porta Maggiore y el Templo di Minerva Medica, que también estaba en parte tapado por andamios y, como en los otros monumentos vallados, no he visto nunca obreros trabajando.El barrio Trastevere y el parque Villa Borghese son sitios para recorrer sin prisa, disfrutando de los mínimos detalles y a sabiendas de que no es fácil encontrar romanos dispuestos a perder unos minutos explicándote lo que intentas averiguar. No hay punto de comparación entre la locura de los romanos o los napolitanos con la paz y amabilidad de los portugueses. Otro temple, por suerte, tienen los italianos del sur. Pero veo que otra vez me extendí demasiado. Creo que si contara ahora sobre la Costa Amalfitana, los aburriría y no es la idea. Entonces, para cerrar, les dejo algunas fotos, no sin antes decir que en Portugal me sentí como en casa, y en Italia, sólo fui una turista...Sensación que para mi, no es menor.
Como siempre, gracias por leer mi blog. Espero opiniones, críticas y halagos también ¿Vale? ¡Hasta el viernes próximo! Buena vida
Frases para pensar:
“Me gustaría emplear toda mi vida en viajar, si alguien pudiera prestarme después otra vida para pasármela en casa.”
William Hazlitt
“Hay mucha diferencia entre viajar para ver países y para ver pueblos.”
Jean-Jacques Rousseau
“Lo bonito de viajar y comer en culturas distintas está en buscar lo bueno de cada sitio, lo nuevo, y disfrutar del momento.”
Ferran Adrià
“¡Luego vendrá la primavera y el hermoso cielo azul! Quizá podamos viajar entonces. ¡Volver a ver el mar! ¡Oh! ¡Qué felicidad vivir y estar contentos!”
Henrik Ibsen
Acá no zafás:
(para eso me hice “bloggera”, para publicarme...¡así que leé la entrega Nº 185 de la suelta de mis letritas)
NOTA: Hoy publico un cuento que escribí hace algunos años. Quienes están en esta casa de letras desde sus comienzos, ya lo leyeron, y pido disculpas entonces. Pero, tiene una razón de ser. Acaban de editar un libro; Certamen de escritura "Puente de palabras" en el que publicaron cinco obras mías, siendo una de ellas "El Cachito" y por eso quiero compartirlo. ¡Muchas gracias!
El Cachito
Lo recuerdo ahora como si lo hubiera
vivido. Viene nítido a mí, el relato que escuché tantas veces en mi infancia
correntina.
Imagino la escuela, alejada del casco
urbano. Imagino niños de miradas
tristes, pieles agrietadas por el sol y el trabajo, sonrisas sin dientes y
juegos en los recreos, como única alternativa de niñez.
Imagino también a las maestras,
mirándolos condescendientes, sintiéndose cerquita de Dios por ser tan
comprensivas y generosas con esos chicos "pobres", que lejos estaban de ser de la
misma casta. Ellas, todas de familias bien, que fueron educadas como “niñas”.
Ellos, pobres, ignorantes, nacidos y nacidas para “criados y criadas”.
Imagino aquella mañanita soleada, en que
“importantísimas personas del pueblo”, hombres y mujeres de bien socios y
socias del Club de Leones, concurrieron con su manto de piedad y un helado
palito para cada infante. Ese fue el mejor regalo en el que pudieron pensar, a
modo de celebración del día del niño, allá por agosto del ’66.
Luego, lo de siempre: chocolate con“caras sucias” y caras sucias. Globos, juegos
y canciones acompañadas por la guitarra desafinada de la maestra de música, que
tenía un sueldo de miseria pero, por suerte, un marido estanciero.
Risas, gritos, peleas, empujones y al
fin, al menos por esa mañana, niños y niñas disfrutando de la infancia como
pocas veces podían hacerlo.
Finalmente, y como todo lo bueno, se
terminaba la feliz jornada.
Finalmente, como cada día se aprestaban a
volver a sus ranchos, a dormir una siesta apretados entre la pared de ladrillos
y adobe y sus hermanos. Con el calor chorreándoles por los poros y, por esa
vez, sin ruidos de panzas hambrientas.
Y fue justo con el sonar de la campana
anunciando la salida escolar cuando solito en medio del aula, “el Cachito”
seguía estático, incrédulo, revisando una y otra vez su viejo portafolio
heredado de algún alma caritativa.
Se acercó a él, solícita la señorita
Directora que, como correspondía a aquellos tiempos y a esa sociedad norteña,
se llamaba Felisita.
Se acercó para decirle si estaba sordo
y por eso no había escuchado la campana, que ya
debería estar en la fila tomando distancia para despedir a las maestras y
compañeros. Se acercó más y sólo entonces se dio cuenta de que Cachito, lloraba
con lágrimas silenciosas, miraba incrédulo sus dedos pegoteados de chocolate y
desesperado buscaba el helado palito que había guardado en su portafolio, con
el más puro amor de todos los tiempos, para llevárselo a su mamá.






